En nuestros días, tan importante debería ser la información privada que compartimos en el “mundo real” como la que deberíamos compartir en el “mundo de Internet”. En muchas ocasiones no somos conscientes de lo fácilmente que cedemos datos e información privados a la red, siendo éste un entorno que en muchos casos pone a disposición de cualquiera dicha información, la mantiene por un largo periodo de tiempo, y la hace muy fácilmente accesible (rastreable) por cualquiera.

En nuestra vida “física”, solemos ser muy reticentes a dar cualquier tipo de información (personal o no) a cualquier “desconocido”: no nos gusta que nos asalten en la calle y nos pidan nuestros datos personales u opiniones, ni por teléfono, ni siquiera por mail. Consideramos que el que alguien pueda conocer datos como nuestro nombre, apellidos, DNI y/o teléfono es un ataque directo a nuestra intimidad.

Nos suele indignar e incluso nos planteamos denunciar a toda aquella empresa que ose dirigirse a nuestro buzón de correo tradicional con una oferta comercial dirigida a nosotros como “Estimado/a señor/a”, y nos empeñamos en intentar averiguar cómo han podido averiguar que el señor “Apellido” vive en la dirección “Calle y piso”.

Es comprensible que esta información personal que circula por ahí y que no tenemos controlada nos pueda inquietar, pero al fin y al cabo es una información bastante sencilla de obtener, simplemente buscando en las páginas amarillas o acercándose a un buzón de cualquier vivienda.

Aún así, y para proteger este derecho de intimidad, se ha desarrollado una potente Ley como la LOPD que permite que un buen número de personas defienda su derecho de protección e intimidad de datos.

Todo lo anterior está muy bien, pero en los tiempos que corren, los datos menos protegidos (y más fáciles de utilizar en beneficio de terceros) son aquellos que circulan por el “mundo digital”. Y en cambio es aquí donde la mayoría de nosotros menos “exquisitos” somos para proteger nuestra intimidad.

¿Alguna vez os habéis puesto a pensar qué cantidad de datos (y de qué nivel de intimidad) estamos facilitando a empresas privadas, muchas veces habiendo aceptado unas condiciones ilimitadas que ni siquiera nos hemos llegado a leer? He aquí algunos ejemplos:

  • Tarjetas de crédito/débito: A través de nuestras tarjetas, dejamos información valiosísima de en qué nos gastamos nuestro dinero (nivel de vida) y dónde (trazabilidad de geolocalización).
  • Teléfono móvil: Nuestro móvil aporta una información exacta de cuál es exactamente nuestra red social más cercana, del número de veces que hacemos uso de ella, y de información de geolocalización.
  • Cámaras de seguridad: En este caso esta información está dividida entre una gran cantidad de empresas privadas (quizás en el fondo no tantas), y como es lógico dejan registradas todas nuestras acciones visibles, además de información de geolocalización.
  • Usos de Internet: A través de programas que terceros hayan conseguido instalar en nuestro ordenador (bien o malintencionadamente, y con o sin nuestro consentimiento), se puede obtener información de por dónde navegamos y qué hacemos en cada una de las webs que visitamos durante el tiempo en el que estamos conectados.
  • Uso de correo electrónico: Cuando utilizamos buzones de correos facilitados gratuitamente por empresas privadas, éstas requieren que previamente los usuarios aceptemos SUS condiciones (en muchas ocasiones casi debemos “regalarles nuestro alma”) que en muchas ocasiones no leemos. Quizás aquí es donde más información dejamos, y además en una forma (escrita) que es la que permite su explotación de manera más sencilla. De nuevo aquí dejamos una traza exacta de cuál es exactamente nuestra red social y la información que trasmitimos y recibimos a través de ella.

Pero aún con todo esto, hoy en día (mañana no lo sé) cada uno de nosotros (como individuos) nos podemos sentir “tranquilos” ya que nos podemos autoconvencer de que cada uno de nosotros individualmente somos un pequeño granito de arena en este infinito mundo y que a ninguna de las grandes empresas que poseen esta información les puede interesar rebuscar entre toda la huella o traza digital que vamos dejando en este mundo digital como personas individuales.

Lo que sin duda es más peligroso es toda aquella información que día a día vamos dejando (incluso con un esfuerzo proactivo por nuestra parte) y actualizando a diario en la web para que ésta se conozca… en ocasiones de manera controlada o limitada a un determinado entorno, pero en otras de manera pública e ilimitada (y ya no sólo para una sola empresa privada que es la que nos aporta el servicio concreto, sino para cualquier  usuario (empresa o persona física) que quiera acceder a ella –en la mayoría de los casos de manera gratuita y sin dejar traza de que están accediendo a dicha información–). He aquí unos cuantos ejemplos:

  • Redes sociales profesionales: Ahí no sólo dejamos nuestro nombre, apellidos y teléfono, sino absolutamente todos nuestros datos privados (red social, histórico profesional, histórico educativo, preferencias, objetivos personales…).
  • Redes sociales no profesionales: Quizás las más peligrosas (ver más abajo un anuncio del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid que nos muestra un ejemplo). Ahí dejamos información personal importantísima, de forma impulsiva, sin demasiado control y añadiendo tanto texto como fotos de cuál es la trayectoria personal de cada uno de nosotros (y de nuestros amigos!… y este es un camino multidireccional, en el sentido de que aunque cada uno de nosotros “controlemos” la información que cada uno aportamos, otros pueden no hacer lo mismo con NUESTRA información).
  • Blogs: Dependiendo de la finalidad del blog, si éste tiene un carácter personal, es un lugar donde se va dejando (en este caso sí, de manera controlada, i.e. menos impulsiva, más meditada) información personal de relevancia y actualizada en el tiempo. Por blogs no me refiero solamente al concepto tradicional (texto) sino más bien a su extensión a fotoblogs, videoblogs… (quizás más impulsivos y peligrosos).
  • MicroBlogs: Junto a las redes sociales no profesionales, en mi opinión los más peligrosos. En aplicaciones como Twitter, vamos dejando en tiempo real información tanto de qué estamos haciendo como de cuándo, aportando incluso fotos en primera persona de que lo estamos viviendo minuto a minuto.


En definitiva, nuestra “huella digital” es alargada y esto puede ser peligroso. Los cinco primeros ejemplos aportados no me inquietan demasiado, pues muchos de nosotros somos como alfileres en un pajar y la información que las empresas privadas manejan de nosotros es útil como información agregada por todos nosotros, pero no desde el punto de vista individual.

Lo que resulta más preocupante es la facilidad con que cada uno de nosotros (incluso los adultos, pero mucho más los adolescentes –por el mero hecho de serlo, pero también por su condición de “nativos digitales” –) aportamos información privada a la red, lo cual tiene dos importantísimas características:

  • Persistente: Es información que queda en la red por un larguísimo periodo de tiempo, lo cual puede perjudicar no sólo a corto sino a larguísimo plazo.
  • Accesible: A través de los actuales buscadores o funcionalidades web, toda esta información es fácilmente accesible por cualquiera, sin dejar traza de quién está realizando el rastreo, ni sus motivaciones, y además de manera gratuita (y por lo tanto interesante para terceros “bien” organizados).

Todos y cada uno de nosotros deberíamos tener en cuenta qué tipo de información “privada” queremos dejar en la red y con qué finalidad; como ejemplo, no es lo mismo utilizar Facebook desde un punto de vista profesional, que hacerlo de manera privada y a su vez descuidar la red de contactos que pueden acceder a dicha información. Si no se cuida este tipo de cosas, lo menos malo que nos puede pasar es que en un proceso de selección de un nuevo puesto de trabajo, la empresa objetivo pueda descartarnos incluso antes de llamarnos para la primera entrevista (ver ejemplo).